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Sobre las Epístolas erótica a Fabio 
de Daniel Fernández 

   Sobre las Epístolas erótica a Fabio

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  Un libro esperado. Para quienes disfrutan de lecturas transformadoras, siempre existe la avidez, la esperanza y hasta la silenciosa fantasía de hallar un texto contundente. Es como la promesa de un mesías o de la pareja ideal: se intuye que habitan en alguna parte, que están a punto de revelarse, de decir nuestro nombre. Aguardamos por su aparición para cerrar el círculo de la existencia. 

 

  Epístolas eróticas a Fabio, de Daniel Fernández, llega como esa pequeña sombra con la que dialogamos en privado y de la que extraemos, si somos inteligentes, nuestros mayores aprendizajes. Desde las primeras líneas comprendemos que es el resultado de una vida rica en experiencias, nobles sabidurías, paz de madurez. Es el libro que todos deberíamos escribir al final de este corto viaje por la vida. 

 

  Su tono es reflexivo y estoico como los clásicos romanos. Entrelíneas se respira un aroma a Séneca, Nerón, Marco Aurelio, Petronio, Ovidio, etc. Y Daniel Fernández no lo ignora. Lo hace a propósito como un renacentista que marcha a La Ciudad Eterna para rescatar de los escombros los secretos de una estatua ecuestre o de una cúpula hermosa. El libro es esencialmente erótico, sumamente sensual, casi pornográfico, pero no nos habla de esa lujuria insulsa hecha solo para llamar la atención. No. Describe el sexo descarnado, sincero, libre. Podría decirse místico. Nos recuerda también –referencias más modernas– la ternura que provoca la lectura de Lolita y la sapiencia que extraemos de Cartas a un joven poeta.

 

  El móvil o la inspiración es el devaneo homoerótico. De ese puerto parten los barcos. Pero Daniel Fernández no es un alma de poco calado, sino oceánica, abisal. El mundo le queda estrecho y en estas cartas ha demostrado que todo amor anhela lo universal. De la relación natural entre hombres, salta a las más extensas intimidades entre humanos. Es un manual de sensualidad, devoción y cuidado espiritual: «…el encuentro entre dos cuerpos o más es un concierto musical en el que los instrumentos se “acoplan” para lograr una música especial: el orgasmo».

 

  Aborda la historia antigua y presente con la transparencia de quien pinta muchas vidas. ¿Acaso el narrador es el resultado de varias reencarnaciones? Aquí aprenderemos de egiptología, mitología, literatura, astrología, piratería, chismes de un Miami profundo y de una Cuba borrada. Se lee como una fiesta. El lenguaje es divertido, ocurrente, procaz y refinado. Hay varios momentos en que la carcajada es inevitable. Y comentan algunos que hasta se hace imperativa la masturbación. 

 

  Una ventana de papel. Al otro lado, el paisaje de una generación que ha sabido sobrevivir a la crueldad y a la intolerancia de su tiempo. Jóvenes que sufrieron cárceles, campos de concentración, fusilamiento moral y físico. Todo por querer concederle luz a los sentimientos, a las preferencias sexuales, al instinto del libertad. El castigo y el premio fue la muerte, el desprecio, el exilio, pero también, como la crisálida, la responsabilidad de ser uno mismo en todas partes. La conciencia unificada. 

 

  Como todos los buenos textos, no se necesita de grandes sabidurías librescas para disfrutarlo –yo se lo remendaría incluso a un adolescente en busca de conocerse a sí mismo–, pero no es menos cierto que para degustarlo a cabalidad es recomendable la familiarización con temas alquímicos, esotéricos, mágicos, ocultistas, adivinatorios. Como el autor ha vivido sumergido en estos mundos invisibles, sus imágenes están colmadas de un hermetismo, no lezamiano, sino soterrado en la broma, la anécdota picante, su visión del más allá: «…creo que nuestra receta del amor ya viene impresa en nuestra carta natal, por eso el conocerla es tan importante, pues nos evita tormentos innecesarios (amoroso o no) y nos consuela con lo que nos favorece, sin perder tiempo, energía y esperanza en lo que nos niegan los astros o la voluntad divina…».   

 

  Es una guía homoerótica, sin lugar a duda, pero también es un tratado iniciático al estilo de El libro de los muertos, donde el alma hace un viaje al infinito, o de la Divina Comedia, donde maestro y discípulo, a través de lo terrible, alcanzan la luz celeste, o el Corpus Hermeticum, donde los inescrutables misterios se le manifiestan al alumno a través una visión.  Daniel envía epístolas que, al estilo de Pitágoras en Crotona, le develan al lector los secretos del cuerpo y de espíritu. Habla de la importancia de las miradas, los pies y las manos, la penetración, los olores, los sentidos, los estimulantes y, finalmente, del Amor con mayúscula, el inefable, el eterno y creador. Y lo expresa toda con una gnosis socrática: «…el amor debería verse como algo más amplio, como un misterio que abarca un sinfín de sentimientos que agrupamos bajo esa palabra, pero que en cada ocasión y en cada persona es algo distinto, que va desde lo más alto hasta lo más bajo, desde lo más carnal hasta lo más espiritual».

 

  El lector impresionable o fingidamente puritano, podrá perturbarse por el uso de ciertos vocablos y escenas muy explícitas. Pero «que no entre nadie que no sepa geometría». Son el arte de Mago en la carta del Tarot, astucias del prestidigitador, apropiadas licencias para despertar al indiferente. El dominio del lenguaje es incuestionable en la novela. La palabra que en boca del ignorante suena grotesca, en labios del culto gana una dimensión inusitada. Daniel Fernández nos ofrece en estas Epístolas eróticas a Fabio la plasticidad de nuestro rico idioma. Todo en una armonía hilarante e ingeniosa. Es un libro para aprender y divertirse a la vez, para dejar las máscaras descansar y mostrarnos desnudos frente al espejo de la honestidad. 

 

   El libro está ilustrado por otro sabio. Ramón Alejandro. Las imágenes poseen la gracia del maestro. La conjunción entre la narrativa y la poética del dibujante nos brinda la oportunidad de hojear una obra esperada. 

Ediciones Furtivas tuvo el acierto de quien saben tomar grandes riesgos. Se lanza al vacío. Pero está amparada por la sólida personalidad de dos creadores que han sabido vivir.      

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